Hubo una vez alguien que lloraba cada vez que veía la luz del día. Todo el mundo se preguntaba el porqué de tan extraño suceso, pero ni siquiera él sabía responder a esa pregunta. Al principio creía que era un simple hecho fisiológico, sus ojos se irritaban cada vez que el sol salía y eso provocaban sus lágrimas pero había algo más, no solo estaban las lágrimas sino que dentro suyo sentía una emoción extraña, era una mezcla de melancolía, tristeza y felicidad extrema... Lo notaba desde que los primeros rayos de luz se asomaban por la ventana, aunque estuviera durmiendo esa desconocida sensación se apoderaba de él sin previo aviso, recorriendole todos los palmos de su cuerpo, a veces sudoroso por los nervios que le provocaban tal suceso.
Esa sensación le despertaba completamente abriendo los ojos de par en par, no había recuerdos, no sentía una emoción específica, era todo caos, desequilibrio, intensidad... Cuando eso le pasaba, se quedaba quieto tumbado en la cama, rígido con los ojos bien abiertos mirando hacia el techo, disfrutando cada segundo de ese momento surrealista, respirando ese aire cargado de misterio, sintiendo el frío intenso de sus gotas de sudor recorriéndole la frente, la cara...
No parapadeaba, en sus ojos se reflejaba la mirada de alguien con mucho mundo recorrido, se podían leer sus miedos, sus frustraciones, sus ambiciones... todo, se podía leer hasta el último secreto escondido en sus entrañas. Pero allí no había nadie para verlo, todo su ser se quedaba limitado en ese espacio cerrado, no trascendía más allá de esas cuatro paredes, todo quedaba en la intimidad de su propia mente. Él desconocía que su esencia se estuviera derramando por esa habitación, simplemente estaba inmerso en su propio mundo...preguntándose mil veces el porqué de lo que estaba pasando, el porqué de sus lágrimas cada vez que amanecía y por qué no podía controlarlo.
Un día rompió su silencio, hizo pública su desdicha para ver si alguien podría ayudarle pero nadie supo hacerlo. asistió a especialistas, habló con médicos, psiquiatras... pero nadie le daba una respuesta a su pregunta. ¿Por qué lloro cuando amanece? ¿Qué tienen la luz del sol que hace que me emocione de esa manera?
Decidió visitar a un druida, era un personaje exótico, extravagante y muy peculiar al que conoció en uno de esos viajes que hacía por el mundo. La casualidad quiso que ese druida estuviera en su ciudad en ese momento. Habló con él y le contó lo que le pasaba, necesitaba respuestas y quizás él debido a su extrema sensibilidad podría dárselas, pero el druida lejos de darle una respuesta específica simplemente le dijo: Busca en ti. Esas respuestas que buscas las encontrarás dentro tuyo, viaja por tu mente, intenta recordar cosas del pasado, sensaciones, situaciones... algo que te haya hecho daño o al contrario, que te haya hecho muy feliz. Sé que puedes, eres un ser privilegiado.
Volvió a su casa decepcionado por lo que le había dicho el druida, ¿cómo iba a buscar dentro suyo? ¿Qué tipo de locura es esa? Ni siquiera podía controlar su pulso cuando eso le pasaba, su mente se quedaba en blanco, es imposible que pueda tener la frialdad de ponerse a recordar viejos tiempos. además, ¿de qué serviría? Siempre estuvo en contra de estancarse en el pasado, hubo un momento de su vida que decidió no mirar nunca para atrás, le daba impotencia recordar buenos tiempos porque sabe que no se repetirían y le causaba dolor recordar los malos momentos pasados... Así que no iba a traicionarse a él mismo solo porque ese loco le hubiera dicho que así encontraría solución a sus dudas, además, pensó, que tampoco veía nada malo en esas experiencias matutinas, solo eran unas cuantas lágrimas y una intensa sensación de vacío que incluso le aportaba placer. Así que esa noche se fue a dormir tranquilo y sin preocuparse por lo que le pasara a la mañana siguiente.
Aun no había amanecido, quedaban apenas unos minutos y él ya estaba despierto, era raro... nunca se despertaba en plena noche y menos desde que le ocurrían esos extraños sucesos... no estaba nervioso, ni espectante... todo lo contrario, estaba tranquilo, su respiración era suave, daba la sensación de que se iba a dormir en cualquier momento, pero estaba consciente. Miraba hacia la ventana fijamente, las cortinas estaban sujetas con un cordel por lo que se veía el cielo perfectamente, un cielo que poco a poco se iba iluminando hasta que el primer rayo de sol entró directamente por la ventana hasta llegar a su rostro. En ese momento se dio cuenta de que algo había cambiado... ya no había escalofríos, ni gotas de sudor por su frente, tampoco esa extraña sensación recorriendole el cuerpo, ni siqueira estaba rígido... simplemente no sentía nada... era un vacío que nunca antes había experimentado, pero las lágrimas volvieron a asomar. Esta vez las lágrimas eran más abundantes y además iban acompañadas de un llanto terrorífico, no podía dejar de llorar, su cara estaba completamente empapada y apenas podía articular palabra. Normalmente esas lágrimas desaparecían en pocos minutos, pero esta vez estaban tardando más de la cuenta, no entendía nada. Además echaba de menos esa sensación que le acompañó durante tantos meses...
Sin parar de llorar y con unas grandes gafas de sol para ocultar sus lágrimas, corrió a visitar al druida de nuevo, asustado por esta nueva condición. El druida esta vez, nada más verle se impresionó y en cuanto se quitó las gafas de sol ni siquiera pudo reaccionar, sin decir si una sola palabra le miró fijamente a los ojos con un gesto confuso, casi indescifrable... Después de unos segundos interminables el druida tragó saliba y con un hilo de voz le dijo: Eres un ser especial, estás solo en el mundo, siempre lo has estado pero puede cambiar. Solo esfuérzate, lucha por esa persona en la que piensas todas las noches... esa es la única forma en que dejarás de llorar cada amanecer.
De pronto su llanto cesó, no daba crédito a las palabras que acababa de escuchar, ¿cómo sabía que pensaba en alguien todas las noches? el druida se dio la vuelta y se adentró en una habitación cerrando la puerta a su paso.
Quizás tuviera la solución en sus manos pero no le daba credibilidad a lo que el druida le había dicho. Sin embargo, después de meditar durante unas horas sentado en el alféizar de su ventana y con el cenicero lleno de colillas, se dio cuenta de que realmente lo que tenía era un miedo atroz a decirle a esa persona todo lo que sentía por miedo al rechazo. El druida le había abierto una puerta y él tenía que sacar el valor para cruzarla. Todo dependía de él.
A media noche no pudo resistir la tentación de probar lo que el druida le había aconsejado y sin pensarlo llamó por teléfono a esa persona que tanto deseaba, no podía creer lo que estaba haciendo pero no soportaba la idea de amanecer lleno de lágrimas de nuevo. Una voz susurró un "hola" al otro lado del teléfono, su voz sonaba dormida, quizás le había despertado, pero eso no importaba, con la voz algo temblorosa le pidió que fuera hasta su casa, tenía algo que decir.
La espera fue infinita, no se movió de la ventana hasta que no vio a esa persona aparecer a lo lejos, caminando con su característica timidez, le podía ver hasta el gesto dormido de su cara.
Cuando abrió la puerta y se encontraron frente a frente, él no sabía como reaccionar. Estaba algo pálido, aturdido... serían las dos de la madrugada y el silencio inhundaba toda la casa. Lo único que se atrevió a decirle fue: Quiero que me veas despertar.
Su deseo fue cumplido, ambos se quedaron dormidos en el sofá rodeados de revistas de música, ceniceros llenos de colillas y de fondo una música suave, con la cual se quedaron profundamente dormidos con las manos rozándose.
El día amaneció nublado y ambos durmieron más de la cuenta, ya había amanecido hacía unas horas y cuando él se despertó se desanimó al ver que el cielo estaba completamente tapado y sus ojos estaban secos. Su intención de que esa persona estuviera allí cuando la cadena de sucesos comenzara se dio al traste, se quedó despierto observando como dormía la persona que más quería en silencio, se dio cuenta de que sus manos se estaban rozando y un escalofrío recorrió su cuerpo, la tenía a su lado, como siempre deseó, rozó su piel con cuidado de no despertale, se acercó poco a poco a su cara para no perderse ni un solo gesto, para sentir que estaba dentro de sus sueños y en ese momento, esa persona abrió los ojos y se encontró con la mirada más bella que había visto en su vida. Ambos se paralizaron, disfrutaron unos segundos de una sensación desconocida para los dos. Las lágrimas volvieron a aparecer, pero esta vez no había vacío, ni confusión, todo lo que estaba experimentando era claridad, estabilidad, comenzaron a brotar miles de recuerdos, paseó por su pasado sin miedo, sin dolor... volvió a sentir sensaciones pasadas, recordó a sus amigos de la infancia, a sus padres, a la ciudad donde nació y a la que hacía años que no pisaba, recordó a su primer amor, a su primera ruptura, a la perdida de un ser querido...
Mientras él estaba inmerso en sus recuerdos, la persona que tenía enfrente descubrió su esencia. Siempre le vio como a un simple amigo con el que se sentía libre cuando hablaba, pero en ese momento se dio cuenta de que realmente no conocía nada de él y que lo que estaba viendo era de una pura sensibilidad y armonía... Sin pensarlo acercó su mano a su rostro y le secó sus lágrimas con dulzura. Las lágrimas cesaron y él volvió en sí encontrándose con la mirada amable del amor de su vida, sonrió y recordó las palabras del druida que le salvaron la vida.
Las lágrimas era el resultado de su negativa a recordar su pasado, por negarse a aceptar de donde venía, por romper con todo y no atreverse a amar ni dejar que el resto de personas vieran lo que guardaba en su interior. ahora entendía todo, ahora todo el caos que llevaba sufriendo tantos meses, tantos años se habían organizado y las lágrimas que volvieron a nacer en sus ojos fueron por la alegría de tener a la persona que amaba durante todos los amaneceres de su vida.
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